El Buscador 3

Sergio De Loof (Septiembre/Octubre 2014)

Sergio De Loof | Mondongo | Fotografía toma directa | 60 x 60 cm. | Mayo 2013

El presente es una provincia del pasado

Recuerdo la primera vez que entré a la casa de Sergio De Loof. Fue a mediados de la década del noventa, y él vivía en Remedios de Escalada, partido de Lanús. Yo había venido de Mendoza y no conocía el conurbano bonaerense. Para una chica como yo, que sólo quería ser artista, moderna, cool, que Sergio la invitara a su casa era como tocar el cielo con las manos. Mientras iba en el tren leyendo una y otra vez las indicaciones de cómo llegar que él me había dictado por teléfono, me preguntaba cómo sería el lugar donde vivía la persona más excéntrica e inspirada que había conocido en Buenos Aires. ¿Su casa tendría ese halo de sofisticación que yo asociaba con la figura de Sergio? Cuando entré me sorprendió la sencillez del lugar: un PH de dos o tres ambientes con un jardincito, donde creo que había una palmera y un jazmín, y por donde correteaba Chanel, el perrito más lindo que debe haber existido en esta ciudad. Pero lo que más me llamó la atención fue que la casa en la que vivía la persona más “moderna” de Buenos Aires parecía muy antigua. Había algo en el ambiente que hacía pensar en siglos pasados. Los muebles, los colores, la obsesión por pequeños detalles como las tazas de porcelana todas distintas para tomar el té o las paredes escritas con lápiz, donde se leían palabras sueltas como “Palacio”, “Belleza”, “Lujo”. Hasta el día de hoy, la imagen de esas palabras escritas con una caligrafía entre torpe y pomposa me sigue acompañando. Cada vez que intento escribir un poema me digo: la poesía debería ser siempre como una de las palabras de Sergio escrita en la pared. Sergio compraba todo en el Cotolengo Don Orione, un lugar donde vendían cosas usadas a precios irrisorios. Sus desfiles estaban hechos también de ropa vieja, ropa de otras eras, usadas por otros cuerpos, que él no reciclaba ni transformaba sino que simplemente colocaba sobre las personas cuidadosamente elegidas para desfilar. De Loof amaba por sobre todo el pasado y lo amaba de una manera radical. Una vez vestido por él, uno se sentía incómodo, transportado a un tiempo incomprensible. Pero su visión del pasado no tenía que ver con la restauración de algo que él ya sabía perdido para siempre, sino con una sensibilidad que surgía de un profundo desprecio por la contemporaneidad. Para él, la belleza había desaparecido de la faz de la tierra, y el mundo que lo rodeaba era un lugar copado por lo feo. La única posibilidad de obtener algo de la felicidad que existía en su mente siempre en éxtasis era inventando otro mundo adentro del mundo. Y eso fue lo que hizo en todos los espacios que diseñó durante tres décadas. Locales como Bolivia, El Dorado, Club Caniche, el Morocco, Café París y tantos otros. Lugares que fueron iniciáticos en muchos sentidos para muchas personas; hábitats en los que se podía circular y soñar, y experimentar en carne propia una sensibilidad. A contrapelo de las que parecen ser los dos imperativos básicos que gobiernan la producción artística que circula actualmente por galerías y museos, Sergio no conceptualizaba ni enunciaba una idea, sino que le ponía el cuerpo a una sensibilidad. Y en ese proceso nos enseñaba que el arte no puede conformarse con ser un producto o una técnica, sino que siempre debe aspirar a existir en y para la experiencia.
Hoy, que las modelos y las hijas de los empresarios exigen que se las llame artistas, sería injusto llamarlo del mismo modo a De Loof. Más que un artista, Sergio es un mago y un rey. Ojalá, al haber sido retratados por él, las personas aquí convocadas puedan transmitir en sus rostros algo de su luz.

Cecilia Pavón
Septiembre 2014

Sergio De Loof | Mondongo | fotografía toma directa | 60 x 60 cm | 2013

 

 

Sergio De Loof | Marcia Schvartz | fotografía toma directa | 60 x 60 cm | 2013

 

 

Sergio De Loof | Nahuel Vecino | fotografía toma directa | 60 x 60 cm | 2013