Ordinario 1: Cabeza de lobo

Laura Escobar (Septiembre/Octubre 2014)

De la limpieza

¿Qué es un cepillo? Ante una pregunta tan desafortunadamente estúpida, con paciencia de maestra, se debería responder: Es un instrumento de hebras, pelos, cerdas, fibras amarradas a un mango que se toma con las manos para recoger material granulado seco, o bien acicalar, despiojar la pelambre de animales y humanos. Pero, ¿con qué propósito se realiza esta tarea? —alguien, también haría la inevitable pregunta—: En general, para mantener limpia cualquier superficie. Y ¿por qué se quiere tener limpias estas superficies? Esta última pregunta es tan desafortunada como la primera, porque para este fin, el hábito recurre a un cepillo y nadie sabe porqué molesta el polvo.
El hecho es que la humanidad, desde sus orígenes, se ha dedicado a recoger suciedades. Hay evidencias arqueológicas sobre esta actividad. No obstante, hay historias que son verdaderas máquinas indiciarias, como la de la comunidad religiosa llamada Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición de Cristo, que fundó Ann Lee en 1774 y que tuvo una gran influencia en la formación de los Estados Unidos.
Esta comunidad conocida como los “Shakers quakers” o los que “andaban temblando” estaba formada por pacíficos campesinos dedicados a las tareas agrícolas, a los rezos, a la castidad y a la vida práctica y sencilla. De este modo, la construcción de sus casas, así como de sus herramientas y utensilios domésticos eran fabricados por la misma comunidad. Lamentablemente, no se sabe qué Shaker inventó la escoba plana a mediados de 1820, que superó la broom corn inventada por Levi Dickinson, que en 1797 hizo una escoba redonda para su esposa. Ella pensó que era realmente buena y así se lo comunicó a sus amigos y vecinos que acudieron a comprarla excitados.
La escoba fue evolucionando hasta la hoy conocida versión que nunca logró ser reempla- zada por la aspiradora o el cepillo de plástico. La escoba es metonímico de limpieza, es universal y supera la descripción de cualquiera de los cientos de cepillos que se ofrecen en el comercio, porque se puede convenir que la escoba, también, es un tipo de cepillo, de otro modo, todo lo que se dijo hasta ahora no tendría sentido. Pero hay un tipo de cepillo  que no se utiliza en seco y que tiene una particularidad: es el único que se introduce en nuestro cuerpo.
Realizado con hueso, fue encontrado mientras se hacía una serie de excavaciones arqueológicas en un antiguo hospital municipal de la localidad alemana de Renania del Norte. La limpieza evoluciona con paños de lino y cuerdas hasta que del palillo de dientes se pasa a un haz de ellos con las puntas aplastadas para lograr un cuerpo fibroso. Posteriormente, estas fibras se amarraron a un palo que oficiaba de manilla y, finalmente, las cerdas —obviamente de origen porcino— provenientes de China, las sustituyeron.
Luego de estos supuestos históricos llegamos al cepillo con mango, práctico, económico, elegante, y, lo más importante, decoroso: puede ser empleado con la boca cerrada. De la enorme diferencia respecto de los innumerables cepillos que existen es, como se anunció, el único que se introduce en nuestra naturaleza corpórea y es tan habitual que nadie se detiene a reflexionar sobre el significado freudiano de esta penetración.
Así, estos dos extremos de la variedad “cepillo”; el que usa casi todo el cuerpo en su empleo: la escoba; y el que se introduce en nuestra cavidad bucal: el cepillo dental, indican la amplitud de aplicaciones para la limpieza por medio de este dispositivo cotidiano de origen tan cotidiano y tan remoto que no creo que alguien se atreva a preguntar: ¿Qué es un cepillo?

Alberto Sato Kotani
Septiembre 2014